El Rol del Acompañante Terapéutico

Se construye en el hacer?

 

Lic. Alfredo Cassanovo


Dispositivos y Acompañamientos

 

El acompañamiento terapéutico constituye una práctica basada fundamentalmente en el vínculo que se instaura entre el acompañante y el acompañado, de a dos, con la particularidad de que en esta media un fin terapéutico. El vínculo se tiñe de características particulares según la forma en que paulatinamente se establece la relación entre las personas en el acompañamiento, dentro de un contexto en el que confluyen distintos factores particulares que forman parte de un dispositivo, en el que se desplegarán la relación y el hacer particular.

Entendemos por dispositivo “un conjunto multilineal...compuesto de líneas de diferente naturaleza...que siguen direcciones diferentes, forman procesos siempre en desequilibrio.”[1] Las líneas que componen un dispositivo se encuentran sometidas a variaciones de dirección, a derivaciones, y pueden conformar sedimentos o fisuras, no poseen contornos definitivos, sino que pueden presentarse como cadenas de variables relacionadas entre si.

Forman parte de estas líneas las prácticas realizadas desde cada encuadre de trabajo clínico, las enunciaciones emitidas desde distintos lugares en un equipo, los diagnósticos, el reconocimiento o desconocimiento de esos enunciados, la flexibilidad o rigidez sostenidas ante los cambios, el transcurrir del tiempo, las lecturas realizadas sobre los hechos ocurridos, los acontecimientos que llegan a ser considerados “hechos” y los que quedan fuera de esa categoría, los sentidos y sin sentidos, los contextos y políticas institucionales, el espacio físico de encuentro: instituciones, hogares particulares, talleres de actividades; así como las relaciones entre las personas en esos espacios, y también aquellos elementos que quedarían fuera del conjunto delimitado como dispositivo.

Sostenemos que la instauración del vínculo acompañado-acompañante requiere de una construcción que se hace posible a partir de la implicancia en la construcción misma. Esta no puede ser producida por la simple voluntad de lograr un lazo de confianza ni por el hecho de que alguien nombrado acompañante se encuentre con alguien nombrado paciente, esperando que esto dé como resultado un trabajo terapéutico. Los dispositivos no producen efectos clínicos per se.

Por el contrario, creemos que la construcción de un lazo implica la posibilidad de producir un encuentro, un hecho especial, una situación que pueda ser un acontecimiento a partir del cual se inaugure un antes y un después. Esta construcción implica también la apertura ante la sorpresa, lo imprevisto, la intención de no caer en lugares naturalizados, con la posibilidad de repensarlos y cuestionarlos intentando producir espacios donde se jueguen nuevas formas de relación, en ese hacer particular. Pensamos que el lugar que va a ocupar el acompañante en ese vínculo es señalado por el acompañado, por el dispositivo y por la forma en que el acompañante construya su propio lugar. Se hace necesario que en esta relación se produzca una tensión que posibilite la producción de un efecto clínico, lo que implica la instauración de la transferencia.

 

Transferencia en la locura

 

Sigmund Freud en 1906, afirma que en la paranoia, a causa de la regresión al autoerotismo, no se encuentra disponible la parte de la libido flotante de la que se toma el psicoanalista para el tratamiento de la neurosis. Por lo que la paranoia seria psicoanalíticamente incurable. Pareciera que Freud se acercaba a la idea de que en la psicosis la transferencia era distinta a lo que el constataba en la neurosis. En 1924 escribe: “se empieza a comprender que sólo el estudio psicoanalítico de la neurosis puede brindar la preparación necesaria para entender las psicosis”[2]. En 1986 Jean Allouch planteó que fue necesario Lacan para marcar otro punto de partida. A diferencia de Freud, que intenta abordar la psicosis desde el modelo de la neurosis, Lacan plantea una ruptura; y al abordar el “Caso Schreber” sostiene “en este delirio he querido mostrarles cómo se esclarecía en todos sus fenómenos, y aún puedo decir en su dinámica, esencialmente considerada como una perturbación de la relación al otro, sin duda, y como tal, pues, ligada a un mecanismo transferencial.”[3]

Desde el psicoanálisis, en la especificidad del trabajo con personas llamadas psicóticas, la noción de transferencia adquiere una forma singular. Lo que se nombra como transferencia psicótica implica un llamado que la locura realiza: “la locura llama, esta fórmula tiene múltiples resonancias: se trata de un llamado a los otros (semejantes) pero también un llamado a la transferencia que ella provoca. Solo tiene esta pregnancia y actúa como fuerza aspirante, porque posee un modo de enunciación específico y ordenado.”[4] En la locura, es posible intervenir cuando, “dirigiéndose a nosotros como a un semejante, como a un codelirante potencial, el psicótico espera de nosotros una confirmación de la experiencia que él sufre y de la que se hace para nosotros el testigo”[5]. Pero tenemos que merecer para él o ella, ese lugar, ya que está lejos de ofrecernos de entrada la confianza que nos acuerda. “De qué manera podemos merecerla? Después de qué prueba?. Es aquí que aparece manifiesta la especificidad de la transferencia psicótica, que es ante todo, Lacan lo observaba, una transferencia al psicótico. El no está sin saber e incluso sin tener razón en su saber. Nada obtendremos de él  si le rechazamos eso.”[6] En la transferencia en la psicosis se hace evidente que estar con es la palabra, es el modo de estar, desde el concernimiento en lo que acontece, en lo que se despliega en la relación desde un lugar de acompañante, de testigo, de codelirante, de escucha que no desubjetivize al loco.

Equiparar los términos locura/psicosis, siguiendo a Francoise Davoine, supone “que estamos pensando en transferencia psicótica puesto que la locura del asilo es un discurso en el cual las cosas son mostradas sin otro. Porqué se decía antes no hay transferencia en la psicosis? Porque nadie se colocaba en el lugar del otro de la locura”.[7]

En este lugar es posible estar en tanto el dispositivo en que se encuentran las relaciones permita la circulación, la posibilidad de producir encuentros en espacios diferentes, heterogéneos, múltiples. Donde exista la libertad de circulación, dice Jean Oury, “esto quiere decir que para que pueda existir libertad de circulación se requiere, por supuesto, la existencia de un espacio y una circulación ya en el sentido concreto del término, poder caminar. Tener la libertad de caminar es a veces tener la libertad de quedarse en el lugar. Porque la circulación no se hace simplemente con los pies, puede estar también dentro de la cabeza: una circulación, la libertad de estar tranquilo.”[8] La posibilidad de lo heterogéneo implica la construcción de un dispositivo donde cada lugar se diferencie de otro, donde las referencias puedan ser distintas, ante diferentes personas, en espacios diversos. Son necesarios puntos de referencialidad múltiple, dice Oury, donde se jueguen multi-investiduras, lazos heterogéneos, novedosos, espacios sostenidos en la acogida de lo distinto, en la  interrupción de la continuidad, de lo homogéneo.

 

Otra posición posible

 

En la Fundación Jorge Bonino la práctica clínica apunta a producir estos acontecimientos desde la invención de un dispositivo para cada demanda individual, cuya construcción comienza en el mismo proceso de admisión de cada persona. Aquí se sostiene un proyecto terapéutico ambulatorio, sin necesidad de internación, que consiste en el tratamiento de niños, jóvenes y adultos, considerando que estas personas presentan problemas con respecto a su vida de relación. Aquí se propone, desde hace 15 años, un espacio a personas que traen ya diagnósticos de psicosis o graves trastornos de personalidad, problemáticas que les impiden ingresar o permanecer en los circuitos comunes que la sociedad les destina. La Fundación ofrece una acogida a los estallidos de locura para evitar la internación psiquiátrica, donde suele dejarse de lado la palabra del loco.

No se plantean objetivos puntuales que los acompañantes deban cumplir periódicamente ni se les asigna alguien a quien acompañar. En referencia a los objetivos institucionales, dice Oury: “Cuando me preguntan cual es su proyecto terapéutico?, yo respondo: se hace camino al andar. Porque si existe un proyecto, si existe una línea, una duración de la estadía, si hay cosas como esas, está todo arruinado, no habrá camino que se hará al andar; no estamos en las autopistas, en la vida cotidiana se trata de eso, en el deseo: es justamente en el camino que se hace al andar, por libertad, que puede haber, por azar, un cruce o no, pero por azar, un encuentro. Un verdadero encuentro no es simplemente buenos días, buenas noches. Un verdadero encuentro es del mismo orden que una interpretación analítica, es decir, que eso cambia algunas cosas...Entonces, en un sistema colectivo como este, con esquizofrénicos, puede haber verdaderos encuentros pero no podemos programarlos. A menudo yo digo que hay que programar el azar, pero frecuentemente esto fue mal comprendido: hay que programar el hecho de que puedan existir libertades de circulación que permitan que haya azar y constelación.”[9]

Los acompañamientos realizados en la Fundación son grupales, las relaciones no son exclusivamente entre un acompañante y una de las personas acompañadas, devienen en un espacio colectivo. Surgen de lo imprevisto, de las presencias, de llevar adelante alguna actividad o de sostener momentos sin actividades, desde el encuentro cuando alguien llega en el día, de la despedida, de miradas, palabras, silencios. Los gritos, los diferentes modos de comunicarse, el contacto físico, los actos, son modalidades de este hacer particular que se vivencian en el cuerpo, en el trato con el otro, en las situaciones que se entrecruzan de manera continua a lo largo de cada jornada. Los modos singulares, diferentes, de estar con cada uno, las relaciones, poco a poco se construyen en lo cotidiano, mutan, se desvían, sedimentan, fluctúan, como las líneas que componen los dispositivos. Estar concernido en ese hacer, construye vínculos y define lugares, produce efectos.

En el acompañamiento se construye algo que es de las personas en esa relación, algo que circula, que no es de una ni de otra, algo que produce transformaciones. Quien acompaña construye y se construye en ese hacer.

“Otra posición es posible, si en lugar de sancionar descalificando lo que el loco trae, se dejan en suspenso, entre paréntesis, los supuestos afirmativos que portamos, no es a partir de allí que se puede acceder a una experiencia singular del loco, que es en sí una experiencia que busca hacer (se) saber? Si por un lado esas afirmaciones que el loco tiene son las que lo tienen a él, la respuesta a ese intento de transmisión, el poder tomar con la misma rigurosidad con que el loco presenta su saber, el hacer implica esa posición de concernimiento, de estar tocado, de estar mordido por esa locura. Es más, no llegamos a admitir junto a Lacan que frente a la locura uno se encuentra irremediablemente concernido? No es la palabra misma de quien la habla mitad de quien la escucha? No es la emergencia de la angustia que indica que la locura nos ha presentado aquello que en nosotros resulta catastrófico, del orden de lo real? Acaso eso que el loco muestra insistentemente no nos implica de lleno tanto en lo que leemos, como allí donde lo no analizado hace obstáculo a la lectura? Es a partir de esta relación de concernimiento que es posible el trabajo con el loco, ir construyendo algo que le permite pasar a otra cosa.”[10]

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